viernes, 29 de julio de 2011

Juan Rejano. Andaluces en La Historia. La Cultura española en el exilio

Juan Rejano. Andaluces en La Historia.
La Cultura española en el exilio


Juan Rejano Porras fue un escritor, poeta, periodista y tertuliano español, perteneciente a la generación del 27 que tuvo gran influencia en la cultura española y también en la hispanoameriacana.


Juan Rejano nació en Puente Genil (Córdoba, Andalucía) el 20 de octubre de 1903 y murió el 4 de julio de
1976 en México. Siente atracción por la música llegando a tocar el violín, más tarde en el año 1927, tras la guerra de Marruecos se traslada a Málaga, teniendo gran amistad con algunos escritores destacando Manuel Altolaguirre, León Felipe y Pedro Garfias, entre otros. Colaboró en diferentes revistas como El Litoral, El Estudiante, Postguerra, La Gaceta Literaria y Nueva España. Durante la guerra siguió ejerciendo el periodismo en la zona republicana En 1939, el exilio primero en Francia, por breve tiempo.



En México dirigió la célebre sección cultural de el diario El Nacional, donde promovió a un grupo de jóvenes que serían una de las generaciónes más brillantes de escritores y periodistas culturales en México, entre ellos Xorge del Campo, Juan Cervera Sanchís, José Luis Colín, Alfredo Cardona Peña, Jesús Luis Benítez, Otto-Raúl González, Roberto López Moreno, Leticia Ocharán, René Avilés Fabila y muchos otros.


Difundió con dignidad y decoro los valores de la cultura española e hispanoamericana, cosa que también llevó a cabo por medio de cursos especiales sobre literatura en algunas universidades mexicanas y en multitud de conferencias en centros de carácter cultural. El maestro Rejano murió en México, preparando su regreso a España.


Wikipedia...


http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Rejano



AL MORIR EL POETA MIGUEL HERNÁNDEZ
(1942)
DOS TIEMPOS DE LLANTO
1
Como un terrón que escapa del surco hacia los cielos,
cargado de asperezas y fragancias,
apareciste, hermano.

Contigo se elevaron la espiga y la paloma,
el íntimo perfume del romero,
el balido inocente de la oveja más tierna.

Te recuerdo invadido de rumores
como un olivar triste,
con la frente combada hacia la aurora
y un clavel horadándote las manos.
Te recuerdo de miel y espino seco.

En tus abarcas de pastor llevabas
todo el rocío virgen, todo el fuego
increado del alba;
en tu zamarra un áspero rumor de encinas graves
y más adentro,
sobre tu corazón, la voz del río
donde, embriagado ruiseñor, creciste.

Oh, cantor milagroso de la ternura agreste,
un mastín te guardaba la osamenta
y a la puerta encrespada de tus venas
suspiraba una alondra.

Eras una raíz tan amorosa,
erguida con tal furia entre los hombres,
que se te oía correr la sangre hermosa
como un galope de caballos jóvenes
sujetos por un freno de alhelíes.


Un temblor de amapolas y trigales maduros
se asomaba a tus ojos
y una violenta sed te rodeaba,
una sed escondida
en los siglos de llanto,
en el hombre, en la piedra, en las retamas
que a nuestros campos dieron
su inmemorial tristeza.

Tierra tú mismo te nombraste, tierra,
y de la tierra fuiste a despertar al pueblo,
a ceñirle coronas,
a restañarle heridas
cuando la soledad y la agonía
como rosas de espanto a su sien se asomaban.

Ay, tu gloria fue entonces,
tus matinales nupcias con lo eterno.
Nadie puede decir cuándo morimos
para nacer al alba perdurable,
pero en aquella unión de sangre y tierra
te brotaron entrañas en la entraña,
alas crecieron de la pana honrada
que tu cuerpo vestía,
y tu canción se alzó sobre la muerte,
heroica, deslumbrante,
porque a la muerte misma se ofrendaba.

Solitario cabrero del verbo apasionado,
allí sigues viviendo, en ese instante
conmovido respiras,
sueñas,
cantas.

No has muerto, no pudieron
matarle los que a golpes de rencor te mataron.
La tierra no perece, y tú eres tierra,
toda la noble tierra de España que ahora cubre
tantos sueños tronchados.

Tú eres, niño de fuego, la esperanza.

2
Como un lucero herido que a la tierra desciende
después de dar su luz al mundo ciego,
partiste hacia las sombras.

Mírame aquí cantando con mis lágrimas
tu ausencia irreparable,
los enlutados ecos de tu canto.

Entre mis manos guardo su fulgor que no cesa :

España, tu gemido de fruto desangrado.

Juan Rejano 1942. (Tambien en el Nacional el 29-XI-42, en "Libro de los homenajes" 1961, y otras ediciones)