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domingo, 27 de noviembre de 2016

Fidel Castro. Textos de Gabriel García Marquez y Eduardo Galeano

Fidel Castro.
 Textos de Gabriel García Marquez y Eduardo Galeano.




Fidel . Eduardo Galeano.

Sus enemigos dicen que fue rey sin corona y que confundía la unidad con la unanimidad.
Y en eso sus enemigos tienen razón.
Sus enemigos dicen que si Napoleón hubiera tenido un diario como el “granmma”, ningún francés se habría enterado del desastre de Waterloo.
Y en eso sus enemigos tienen razón.
Sus enemigos dicen que ejerció el poder hablando mucho y escuchando poco, porque estaba más acostumbrado a los ecos que a las voces.
Y en eso sus enemigos tienen razón.
Pero sus enemigos no dicen que no fue por posar para la Historia que puso el pecho a las balas cuando vino la invasión, que enfrentó a los huracanes de igual a igual, de huracán a huracán, que sobrevivió a 637 atentados, que su contagiosa energía fue decisiva para convertir una colonia en patria, y que no fue por hechizo de Mandinga ni por milagro de Dios que esa nueva patria pudo sobrevivir a 10 presidentes de los estados unidos, que tenían puesta la servilleta para almorzarla con cuchillo y tenedor.
Y sus enemigo no dicen que Cuba es un raro país que no compite en la copa mundial del felpudo.
Y no dicen que esta revolución, crecida en el castigo, es lo que pudo ser y no lo que quiso ser. Ni dicen en gran medida el muro entre el deseo y la realidad fue haciéndose mas alto y mas ancho gracias al bloqueo imperial, que ahogó el desarrollo de una democracia a la cubana, obligó a la militarización de la sociedad y otorgó a la burocracia, que para cada solución tiene un problema, las coartadas que necesita para justificarse y perpetuarse.

Y no dicen que a pesar de todos los pesares, a pesar de las agresiones de afuera y de las arbitrariedades de adentro, esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta.
Y sus enemigos no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla.-
(Extraído del libro de Eduardo Galeano “Espejos”(una historia casi universal)


Gabriel García Márquez. El Fidel Castro que yo conozco

El Fidel Castro que yo conozco su devoción por la palabra. Su poder de seducción. Va a buscar los problemas donde estén. Los ímpetus de la inspiración son propios de su estilo. Los libros reflejan muy bien la amplitud de sus gustos. Dejó de fumar para tener la autoridad moral para combatir el tabaquismo. Le gusta preparar las recetas de cocina con una especie de fervor científico. Se mantiene en excelentes condiciones físicas con varias horas de gimnasia diaria y de natación frecuente. Paciencia invencible. Disciplina férrea. La fuerza de la imaginación lo arrastra a los imprevistos. Tan importante como aprender a trabajar es aprender a descansar.

Fatigado de conversar, descansa conversando. Escribe bien y le gusta hacerlo. El mayor estímulo de su vida es la emoción al riesgo. La tribuna de improvisador parece ser su medio ecológico perfecto. Empieza siempre con voz casi inaudible, con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno, palmo a palmo, hasta que da una especie de gran zarpazo y se apodera de la audiencia. Es la inspiración: el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo. Es el antidogmático por excelencia. 

José Martí es su autor de cabecera y ha tenido el talento de incorporar su ideario al torrente sanguí- neo de una revolución marxista. La esencia de su propio pensamiento podría estar en la certidumbre de que hacer trabajo de masas es fundamentalmente ocuparse de los individuos

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sábado, 26 de noviembre de 2016

FIDEL CASTRO. Ignacio Ramonet. Le Monde Diplomatique


FIDEL CASTRO. Ignacio Ramonet.

Le Monde Diplomatique

El Fidel que conocí


Fidel ha muerto, pero es inmortal. Pocos hombres han conocido la gloria de entrar vivos en la leyenda y en la historia. Fidel es uno de ellos. Perteneció a esa generación de insurgentes míticos –Nelson Mandela, Patrice Lumumba, Amilcar Cabral, Che Guevara, Camilo Torres, Turcios Lima, Ben Barka– que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron, en los años 1950, a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos.

En aquella época, en más de la mitad del planeta (en Vietnam, en Argelia, en Guinea-Bissau), los pueblos oprimidos se sublevaban. La humanidad aún estaba entonces, en gran parte, sometida a la infamia de la colonización. Casi toda África y buena parte de Asia se encontraban todavía dominadas, avasalladas por los viejos imperios occidentales. Mientras tanto, las naciones de América Latina, independientes en teoría desde hacía siglo y medio, seguían explotadas por privilegiadas minorías, sometidas a la discriminación social y étnica, y a menudo marcadas por dictaduras cruentas, amparadas por Washington.

Fidel soportó la embestida de nada menos que diez presidentes estadounidenses (Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo). Tuvo relaciones con los principales líderes que marcaron el mundo después de la Segunda Guerra Mundial (Nehru, Nasser, Tito, Jrushov, Olof Palme, Ben Bella, Boumedienne, Arafat, Indira Gandhi, Salvador Allende, Brezhnev, Gorbachov, François Mitterrand, Juan Pablo II, el rey Juan Carlos, etc.). Y conoció a algunos de los principales intelectuales y artistas de su época (Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Rafael Alberti, Guayasamín, Cartier-Bresson, José Saramago, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, etc.).
Bajo su dirección, su pequeño país (100.000 km2, 11 millones de habitantes) pudo conducir una política de gran potencia a escala mundial, echando hasta un pulso con Estados Unidos, cuyos dirigentes no consiguieron derribarlo, ni eliminarlo, ni siquiera modificar el rumbo de la Revolución cubana. Y finalmente, en diciembre de 2014, tuvieron que admitir el fracaso de sus políticas anticubanas, su derrota diplomática e iniciar un proceso de normalización que implicaba el respeto del sistema político cubano.
 En octubre de 1962, la Tercera Guerra Mundial estuvo a punto de estallar a causa de la actitud del Gobierno de Estados Unidos, que protestaba contra la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba. Su función era, sobre todo, impedir otro desembarco militar como el de Playa Girón (bahía de Cochinos) u otro directamente realizado por las Fuerzas Armadas estadounidenses para derrocar la revolución cubana.



Desde hace más de 50 años, Washington (a pesar del restablecimiento de las relaciones diplomáticas) le impone a Cuba un devastador embargo comercial –reforzado en los años 1990 por las leyes Helms-Burton y Torricelli– que obstaculiza su desarrollo económico normal. Con consecuencias trágicas para sus habitantes. Washington sigue conduciendo, además, una guerra ideológica y mediática permanente contra La Habana a través de las potentes Radio “Marti” y TV “Marti”, instaladas en Florida para inundar a Cuba de propaganda como en los peores tiempos de la Guerra Fría.
Por otra parte, varias organizaciones terroristas –Alpha 66 y Omega 7–, hostiles al régimen cubano, tienen su sede en Florida, donde poseen campos de entrenamiento y desde donde enviaron regularmente, con la complicidad pasiva de las autoridades estadounidenses, comandos armados para cometer atentados. Cuba es uno de los países que más víctimas ha tenido (unos 3.500 muertos) y que más ha sufrido del terrorismo en los últimos sesenta años.
Ante tanto y tan permanente ataque, las autoridades cubanas han preconizado, en el ámbito interior, la unión a ultranza. Y han aplicado a su manera el viejo lema de San Ignacio de Loyola: “En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición”. Pero nunca hubo, hasta la muerte de Fidel, ningún culto de la personalidad. Ni retrato oficial, ni estatua, ni sello, ni moneda, ni calle, ni edificio, ni monumento con el nombre o la figura de Fidel, ni de ninguno de los líderes vivos de la Revolución.
Cuba, pequeño país apegado a su soberanía, obtuvo bajo la dirección de Fidel Castro, a pesar del hostigamiento exterior permanente, resultados excepcionales en materia de desarrollo humano: abolición del racismo, emancipación de la mujer, erradicación del analfabetismo, reducción drástica de la mortalidad infantil, elevación del nivel cultural general… En cuestión de educación, de salud, de investigación médica y de deporte, Cuba ha obtenido niveles que la sitúan en el grupo de naciones más eficientes.
Su diplomacia sigue siendo una de las más activas del mundo. La Habana, en los años 1960 y 1970, apoyó el combate de las guerrillas en muchos países de América Central (El Salvador, Guatemala, Nicaragua) y del Sur (Colombia, Venezuela, Bolivia, Argentina). Las Fuerzas Armadas cubanas han participado en campañas militares de gran envergadura, en particular en las guerras de Etiopía y de Angola. Su intervención en este último país se tradujo en la derrota de las divisiones de elite de la República de Sudáfrica, lo cual aceleró de manera indiscutible la caída del régimen racista del apartheid.
La Revolución cubana, de la cual Fidel Castro era el inspirador, el teórico y el líder, sigue siendo hoy, gracias a sus éxitos y a pesar de sus carencias, una referencia importante para millones de desheredados del planeta. Aquí o allí, en América Latina y en otras partes del mundo, mujeres y hombres protestan, luchan y a veces mueren para intentar establecer regímenes inspirados por el modelo cubano.
La caída del muro de Berlín en 1989, la desaparición de la Unión Soviética en 1991 y el fracaso histórico del socialismo de Estado no modificaron el sueño de Fidel Castro de instaurar en Cuba una sociedad de nuevo tipo, más justa, más sana, mejor educada, sin privatizaciones ni discriminaciones de ningún tipo y con una cultura global total.

Hasta la víspera de su fallecimiento a los noventa años, seguía movilizado en defensa de la ecología y del medio ambiente y contra la globalización neoliberal, seguía en la trinchera, en primera línea, conduciendo la batalla por las ideas en las que creía y a las cuales nada ni nadie le hizo renunciar.
En el panteón mundial consagrado a aquellos que con más empeño lucharon por la justicia social y que más solidaridad derrocharon a favor de los oprimidos de la Tierra, Fidel Castro –le guste o no a sus detractores– tiene un lugar reservado.

Lo conocí en 1975 y conversé con él en múltiples ocasiones, pero, durante mucho tiempo, en circunstancias siempre muy profesionales y muy precisas, con ocasión de reportajes en la isla o la participación en algún congreso o algún evento. Cuando decidimos hacer el libro Fidel Castro. Biografía a dos voces (o Cien horas con Fidel), me invitó a acompañarlo durante días en diversos recorridos. Tanto por Cuba (Santiago, Holguín, La Habana) como por el extranjero (Ecuador). En coche, en avión, caminando, almorzando o cenando, conversamos largo. Sin grabadora. De todos los temas posibles, de las noticias del día, de sus experiencias pasadas y de sus preocupaciones presentes. Que yo reconstruía luego, de memoria, en mis cuadernos. Más tarde, durante tres años, nos vimos muy frecuentemente, al menos varios días, una vez al trimestre.


Descubrí así un Fidel íntimo. Casi tímido. Muy educado. Escuchando con atención a cada interlocutor. Siempre atento a los demás y, en particular, a sus colaboradores. Nunca le oí una palabra más alta que la otra. Nunca una orden. Con modales y gestos de una cortesía de antaño. Todo un caballero. Con un alto sentido del pundonor. Que vive, por lo que pude apreciar, de manera espartana. Mobiliario austero, comida sana y frugal. Modo de vida de monje-soldado.
Su jornada de trabajo se solía terminar a las seis o las siete de la madrugada, cuando despuntaba el día. Más de una vez interrumpió nuestra conversación a las dos o las tres de la madrugada porque aún debía participar en unas “reuniones importantes”… Dormía sólo cuatro horas, más, de vez en cuando, una o dos horas en cualquier momento del día.
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Pero era también un gran madrugador. E incansable. Viajes, desplazamientos, reuniones se encadenaban sin tregua. A un ritmo insólito. Sus asistentes –todos jóvenes y brillantes de unos 30 años– estaban, al final del día, exhaustos. Se dormían de pie. Agotados. Incapaces de seguir el ritmo de ese infatigable gigante.

Fidel reclamaba notas, informes, cables, noticias, estadísticas, resúmenes de emisiones de televisión o de radio, llamadas telefónicas... No paraba de pensar, de cavilar. Siempre alerta, siempre en acción, siempre a la cabeza de un pequeño Estado mayor –el que constituían sus asistentes y ayudantes– librando una batalla nueva. Siempre con ideas. Pensando lo impensable. Imaginando lo inimaginable. Con un atrevimiento mental espectacular.
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Una vez definido un proyecto, ningún obstáculo lo detenía. Su realización iba de si. “La intendencia seguirá” decía Napoleón. Fidel igual. Su entusiasmo arrastraba la adhesión. Levantaba las voluntades. Como un fenómeno casi de magia, se veían las ideas materializarse, hacerse hechos palpables, cosas, acontecimientos.
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Su capacidad retórica, tantas veces descrita, era prodigiosa. Fenomenal. No hablo de sus discursos públicos, bien conocidos. Sino de una simple conversación de sobremesa. Fidel era un torrente de palabras. Una avalancha. Que acompañaba la prodigiosa gestualidad de sus finas manos.
Le gustaba la precisión, la exactitud, la puntualidad. Con él, nada de aproximaciones. Una memoria portentosa, de una precisión insólita. Apabullante. Tan rica que hasta parecía a veces impedirle pensar de manera sintética. Su pensamiento era arborescente. Todo se encadenaba. Todo tenía que ver con todo. Digresiones constantes. Paréntesis permanentes. El desarrollo de un tema le conducía, por asociación, por recuerdo de tal detalle, de tal situación o de tal personaje, a evocar un tema paralelo, y otro, y otro, y otro. Alejándose así del tema central. A tal punto que el interlocutor temía, un instante, que hubiese perdido el hilo. Pero desandaba luego lo andado, y volvía a retomar, con sorprendente soltura, la idea principal.


 En ningún momento, a lo largo de más de cien horas de conversaciones, Fidel puso un límite cualquiera a las cuestiones a abordar. Como intelectual que era, y de un calibre considerable, no le temía al debate. Al contrario, lo requería, lo estimulaba. Siempre dispuesto a litigar con quien sea. Con mucho respeto hacia el otro. Con mucho cuidado. Y era un discutidor y un polemista temible. Con argumentos a espuertas. A quien solo repugnaban la mala fe y el odio.
IGNACIO RAMONET
Fuente:

jueves, 10 de noviembre de 2016

DOÑANA, ALGO MÁS QUE UN PARQUE. ISIDORO MORENO





Doñana, algo más que un parque

ISIDORO MORENO
Catedrático Emérito de la Universidad de Sevilla
No puedo aceptar que ese bien común se ponga en riesgo por la avidez de quienes no tienen otra ética que la de conseguir los mayores beneficios económicos
Como antropólogo y como andaluz, Doñana me interesa extraordinariamente. Sus especificidades geológicas, hidrológicas, de flora y de fauna, le han merecido el reconocimiento como Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad. Pero esta su situación actual de santuario de la naturaleza no hubiera sido posible si no fuera porque en su territorio se ha venido dando, a través de siglos, una especial interacción entre los factores naturales y las poblaciones del entorno: unas formas no agresivas de aprovechamiento económico y de intervención que produjeron específicas formas de vida y de culturas del trabajo y un imaginario sobre las marismas y su hábitat cargado de simbolismos, rituales y evocaciones (baste citar la aldea del Rocío y su famosa romería como un ejemplo, aunque existen muchos más).
Por ello, Doñana es hoy uno de los referentes identitarios de Andalucía como país, y no sólo de las comarcas a las que pertenece o la circundan. Doñana es Patrimonio de la Humanidad porque, antes de nada, es Patrimonio Andaluz; un bien común de los andaluces que hemos sabido mantener para goce propio y de cuantos sean sensibles con los prodigios de la Naturaleza y de la Cultura.
Por estas razones, no puedo entender, o en cualquier caso no puedo, ni quiero, aceptar, que ese bien común, ese Patrimonio de los andaluces y de la humanidad, se ponga en riesgo por la avidez de quienes no tienen otra ética que la de conseguir los mayores beneficios económicos al más corto plazo a costa de lo que sea. En este caso, a costa de Doñana.
Ya desde hace unas décadas, la complicidad explícita o la permisividad de las administraciones (estatal y de la Junta de Andalucía) vienen poniendo en peligro la continuidad del Parque (tanto del "Nacional" como del "Natural") al hacerse un uso inadecuado del acuífero y las corrientes de agua imprescindibles para mantener el humedal que constituye el corazón del mismo. El establecimiento, en su inmediata vecindad, de una agricultura intensiva que requiere un volumen muy alto de agua ha hecho multiplicarse no sólo las hectáreas de cultivo -de las que hoy nada menos que 3.000 son ilegales- sino las balsas de riego, de las que existen más de 1.700 cuando legalmente no deberían pasar de 300. El resultado, bien previsible, es que cada año hay menos agua para Doñana, por lo que la sostenibilidad de su frágil ecosistema se hace inviable.
Las actividades mineras en el entorno son otra amenaza. Hace ya casi dos décadas, el Parque pudo sufrir daños irreversibles cuando la riada de residuos tóxicos resultado de la catástrofe de la mina de Aznalcóllar estuvo a punto de entrar en él. Tras la paralización de varios años, ahora la fiebre extractivista y la demagogia política quieren abrirla otra vez, como han
abierto otras explotaciones cercanas igualmente peligrosas.
Ahora, un tercer factor, más peligroso aún que los anteriores, amenaza con destruir Doñana: la utilización de su subsuelo como almacén de gas. Esta barbaridad, que no es sólo un proyecto sino que ya está en ejecución parcial, junto con las prospecciones marinas (Plataforma Poseidón) que se están desarrollando, con muy poca publicidad, en las costas del Algarve y el Golfo de Cádiz para detectar petróleo o gas, ponen en riesgo no sólo al Parque sino a las poblaciones de un territorio mucho más extenso. Y ello, no sólo por posibles accidentes o mareas negras sino, sobre todo, por la "sismicidad inducida" que dichas actividades provocan, como señalan los Informes de los geólogos. Dicho con otras palabras, las inyecciones de gas en el subsuelo y los sistemas de prospección (fracking y otros) pueden producir movimientos sísmicos y tsunamis en una zona ya de por sí propensa a tenerlos por razones naturales, como atestigua lo ocurrido en los dos mil últimos años. El suroeste peninsular es un verdadero "polvorín sísmico", pero esto no parece importar a las multinacionales petroquímicas y gasísticas. Ellas a lo suyo, que es multiplicar sus beneficios, con la complicidad o aceptación de quienes, en las instituciones políticas, deberían ponerles freno.
Frente a esta situación, la sociedad civil está comenzando a moverse y a exigir medidas de protección integral para Doñana, que es no sólo Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad sino también Patrimonio Cultural y Bien Común de los andaluces: uno de los más importantes referentes de nuestra identidad como pueblo.
FUENTE:
http://www.diariodesevilla.es/opinion/tribuna/Donana-parque_0_1080192413.html

jueves, 12 de mayo de 2016

Los nadies. Eduardo Galeano


                     Los nadies. Eduardo Galeano

Sueñan las pulgas con comprarse un perro
y sueñan los nadies con salir de pobres,
que algún mágico día
llueva de pronto la buena suerte,
que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer,
ni hoy, ni mañana, ni nunca,
ni en llovizna cae del cielo la buena suerte.


Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneros,
corriendo la liebre, muriendo la vida,
jodidos los nadies, jodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no practican religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no aplican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.



Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal,
sino en la crónica roja de la prensa local.



Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los nada,
los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.



Los nadies: los hijos de nadie...
Los nadies: los dueños de nada,
jodidos, jodidos, jodidos, jodidos...



VERGÜENZA.Rosa Montero. LOS SAHARAHUIS, Son 125.000 y llevan 40 años en tiendas de refugiados.





VERGÜENZA.Rosa Montero

Son 125.000 y llevan 40 años en tiendas de refugiados.
La muerte del saharaui Brahim Saika reaviva una lucha olvidada.

EN el pozo más profundo de nuestro olvido. Ahí es donde están los saharauis. Ahora leo que el 15 de abril murió en un hospital de Agadir (Marruecos)el sindicalista saharaui Brahim Saika, de 32 años.
Brahim fue detenido el 1 de abril cuando salía de su casa para participar en una manifestación pacífica. “Fue llevado a la comisaría de Gulemin, donde le torturaron durante horas”, informa la delegación saharaui en España. Brahim decidió entonces comenzar una huelga de hambre para protestar por el maltrato. Supongo que lo habían dejado en muy mal estado, porque tan sólo cinco días después ya se encontraba tan grave que fue trasladado al hospital. 


Joven y fuerte, murió a una velocidad inusitada, y al parecer las autoridades se negaron a hacerle la autopsia. Escribo este artículo a los cuatro días de su defunción, y por ahora la noticia apenas ha salido en los medios de comunicación, sólo en algunos digitales. Imagino al pobre Brahim recurriendo a la única, extrema arma de lucha que le quedaba, la muerte por inanición, a la espera de que ese último grito de angustia y de denuncia fuera al fin escuchado. Pero ni siquiera su agonía consiguió alcanzarnos.

Ahora es a mí a quien me dan ganas de gritar mientras escribo esto, porque los saharauis también se me habían casi borrado de la memoria; y eso que he estado un par de veces en los campamentos de refugiados, y que siempre me he sentido muy próxima a su causa, y que en total habré escrito una veintena de reportajes y artículos sobre ellos.
Pero los años pasan como una lluvia de plomo, y la implacable política marroquí de represión y aplastamiento, junto con la atroz indiferencia de la comunidad internacional, han conseguido enterrar en vida a este pequeño, heroico, tenaz pueblo. Y lo peor es que la indiferencia no es sólo de los Gobiernos, sino también de las organizaciones supuestamente progresistas, porque de los palestinos se habla mucho, pero de los pobres saharauis nadie dice nada, aunque su situación sea aún más crítica. Pero, claro, son un puñado de gente sin petróleo ni interés geoestratégico. A nadie parece importarle su sufrimiento.

Vergüenza. Siento vergüenza personal por mi desmemoria, pero, sobre todo, siento una infinita vergüenza colectiva, porque España es la culpable de este drama. Durante casi cien años les colonizamos de manera indolente: en todo ese tiempo sólo hubo un saharaui que llegara a la universidad (se hizo médico). A mediados de 1975 les prometimos la independencia, y los inocentes saharauis se lo creyeron. Tres meses más tarde, el 14 de noviembre, se firmó en Madrid un acuerdo que dividía el Sáhara entre Marruecos y Mauritania: “Nos traicionaron y vendieron como ovejas”. Los españoles nos retiramos a todo correr y Marruecos invadió el Sáhara de manera brutal. Todas las personas que pudieron, hombres y mujeres, niños y viejos, huyeron a través del desierto sin víveres y con lo puesto, mientras los marroquíes los bombardeaban con napalm. En las primeras semanas llegaron a morir miles de niños 
por las enfermedades y el hambre. 
Por fin, Argelia les ofreció instalarse en la Hamada, que es el desierto más inhóspito del mundo, un infierno de piedra en donde sólo viven escorpiones y víboras. Y ahí están todavía.
Son unos 125.000 y llevan 40 años en tiendas provisionales de refugiados. Sensatos, pacíficos y estoicos, lo han intentado todo sin recurrir al terrorismo, y nosotros se lo premiamos así: con olímpica ignorancia de sus derechos y de su dolor. Marruecos ha incumplido una y otra vez las resoluciones de la ONU y ha cometido todo tipo de tropelías, pero España sigue besándose con ese monarca alauí al que tanto quiere nuestra Corona. Y no sólo no hemos defendido jamás a los saharauis, sino que además hemos sido el principal proveedor de armas a Marruecos, de esas armas con las que después los aniquilan. No quiero ni pensar en la desesperación que deben de sentir los refugiados, en su negro convencimiento de que no hay salida: “Marruecos nos está matando a fuego lento”. Puede que algún día todo ese sufrimiento se transmute en violencia terrorista y entonces les condenaremos y nos frotaremos las manos. Convertidos en malos, se acabó la culpa

FUENTE:


ARTÍCULO CON EL MISMO TÍTULO DE ROOSA MONTERO sobre el PUEBLO SAHARAUI. 19/5/2'014. EL PAÍS

lunes, 9 de mayo de 2016

Las semillas de Taraba. Gustavo Duch .La herencia de los hoy refugiados del Oriente próximo.








Las semillas de Taraba


«Escúchenme, me llamo Fátima, nacida en Taraba, un pequeño pueblo a unos 100 kilómetros al sur de Damasco, la capital de Siria.»
«Después de 4 años de sequías, nuestras tierras dejaron de parir y nuestro ganado murió, así que toda la familia tuvimos que partir hacia la ciudad de Daraa, en la ruta que lleva al mar. Al poco de llegar, en el 2011, estalló una revuelta que dicen que fue el inicio de la guerra. En nuestro barrio no pudimos permanecer durante muchas semanas pero tuvimos suerte porque unos parientes de Damasco nos acogieron.
«Pero miren, la guerra no acaba y yo he llegado hasta aquí y no les voy a contar todo lo que pasé. Solo les digo que toda mi familia murió. Nos han asesinado, entre las balas, las olas y la indiferencia. Así es que nos han muerto.

«Pero no saben nada, ustedes, son verdaderos ignorantes.»
Y Fátima, con unos ojos exactos a los granos verdes y ahusados de la cebada, con su pañuelo cubriendo el pelo, continuó.
«Soy una de Ellas, la saga de mujeres más antigua del mundo. Mi madre me lo explicó, su abuela se lo explicó, y así cuenten, cuenten con detenimiento, porque fueron por miles de generaciones que sabemos quienes somos.
«Somos Ellas.
«Porque fue cerca de Taraba, como explican los libros de historia que ahora aquí en Europa ya no recuerdan, que hace 10 mil años o más que una mujer como yo decidió no caminar más, no acarrear más su vida y la de los suyos. Ya tenían algunas cabras cuando tomó varios de los granos recolectados y siguiendo una fuerza interior, un presentimiento, decidió hundirlas en la tierra. Los cubrió con más tierra mezclada con restos de harinas de sus comidas que después, con sus propio lloro, apelmazó. Sabía que sucedería, así que con serenidad decidió esperar.
«Escúchenme porque ésta es la historia de ustedes. Y si acaba, acabará.
«Allí mejoraron sus chozas, allí crecieron varias generaciones más. Y siempre las mujeres de mi familia tuvieron cuidado de aquellos granos. Algunas de Ellas salieron a fundar nuevas aldeas llevando las semillas, que llorándolas germinaron libres. Y por siglos, con Ellas, las semillas de Taraba cruzaron montañas, avanzaron por el desierto, saltaron de isla en isla el mar.
«Escúchenme porque bien se sabe, pero ustedes lo silencian, que fueron estas mujeres migrantes las que llevaron las semillas hasta aquí, hasta esta Europa hoy sobrealimentada pero tan cobarde.
«Su alimento, sus campos cultivados son porque a Ellas entonces nadie las detuvo. No pusieron alambres en su camino, no tenían vallas que saltar, ni bombas que esquivar. ¿Lo saben? Yo creo que no.»
Y quienes allí la escuchaban pudieron presenciar como Fátima, junto a la orilla de la playa, tomo una semilla de su bolsillo, la dejó caer y al mismo tiempo que la primera ola la tomaba en sus brazos, un lágrima verde de sus ojos cayó sobre ella.
Solo unos instantes después millones de personas que aguardaban en las costas de Marruecos, Túnez, Egipto, Palestina, Libia, Turquía, Argelia, Siria, Líbano… pudieron entonces avanzar apaciblemente hacia el Norte por una ruta segura, cómoda y con alimentos.
El Mar se había convertido en un inmenso campo de cebada.
 FUENTE:

Gustavo Duch
Veterinario y escritor Catalan, participa en el Consejo Científico de ATTAC. España . Publica en El Periódico de Catalunya, Público, La Jornada de México, Galicia Hoxe y El Correo Vasco.