domingo, 10 de agosto de 2014

Sobre el populismo y la mentira. LUIS GARCÍA MONTERO


Sobre el populismo y la mentira
LUIS GARCÍA MONTERO



El concepto de lo popular ha sido de gran importancia en la poesía española contemporánea. Bécquer, los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Alberti jugaron a su modo con las tradiciones populares. En las notas a su Segunda antología poética, Juan Ramón quiso explicar el secreto de esta estrategia: en realidad no había en ellos una simple poesía popular, sino elaboración culta de lo popular, una tradición popular del Arte.


Pienso con frecuencia en la poesía cuando asisto a las discusiones sobre el populismo político. La situación de la política es de tanta inutilidad y descrédito que se acusa de populismo a cualquier intento de recuperar la intención original de la democracia: ordenar y dar respuesta a las necesidades de la mayoría. La política no puede ser otra cosa que la elaboración institucional de la soberanía popular, la ordenación legislativa de los intereses del pueblo.



La oligarquía de la realidad, con las instituciones y los gobiernos al servicio de los grandes intereses de las élites económicas, ha establecido una dinámica que pretende convertir en demagogia populista la defensa del bien común. Conviene romper esa lógica y recordar una de las reflexiones más insistentes de Fernando de los Ríos, profesor socialista y ministro de la Segunda República: si queremos que el ciudadano sea libre, hay que encadenar a la economía. Eso no es populismo, sino la justificación principal de la política democrática más seria.



La elaboración legislativa de los intereses de la sociedad debe permitir regular la economía, elaborar una fiscalidad equilibrada y ordenar las relaciones internacionales de acuerdo con el bienestar de los ciudadanos. No es serio aceptar como dogma natural la avaricia de los bancos y los especuladores. Un Gobierno que esté dispuesto a meter en la cárcel a los banqueros que han estafado o que han impuesto leyes contra el bien público, más dañinos con sus corbatas blancas que cualquier ladrón de saco y antifaz, no será un Gobierno populista. Se limitará a recuperar el orgullo de la política democrática.



Entonces, ¿qué es el populismo? Por lo que se refiere a la política actual española, el populismo en su significación negativa se define por el uso de la mentira y por la manipulación mediática de los bajos instintos. Eso es lo que convierte a una convocatoria electoral en una farsa y a una democracia constitucional en una deriva desconstituyente.


La democracia española es populista porque convive con la mentira y la utiliza no sólo para engañar, sino para levantar los peores instintos. Por mucho que se invoque una y otra vez la Constitución, España ha vivido en los últimos años un proceso desconstituyente. Si quieren ser democráticas, las constituciones deben respirar como un organismo vivo, caminar pegadas a los intereses de los ciudadanos, estar dispuestas a reformarse para resolver los conflictos en favor de la convivencia. No pueden ser un Carta muerta utilizada para negar derechos democráticos, ni tampoco derivar en la defensa impudorosa de una minoría oligarca.



Esa es la dinámica desgraciada que está dejando sin prestigio en España el valor de la democracia constitucional. El único cambio producido en más de 30 años se provocó de manera urgente en el 2011. La reforma del artículo 135 prohibió por vía constitucional una política democrática de inversiones públicas. Esa reforma, fundada en un pacto ideológico entre el PSOE y el PP, ha servido para la liquidación de los servicios públicos y para promover la idea de que los ciudadanos españoles, con sus derroches y sus derechos desmedidos, eran los causantes de la crisis. Se puso así la constitución en manos de la oligarquía española y europea.



Esta lógica convierte a las víctimas en culpables porque las mentiras del populismo sirven para alentar los bajos instintos. El paradigma de la política se parece en esta dinámica a un programa de telebasura. Pongo sólo dos ejemplos: la bronca bipartidista y el tratamiento de la inmigración.



Las llamadas al voto del bipartidismo, más que en la defensa de una ilusión propia, se han fundado en el miedo y el rencor contra el adversario. El PP se ha cohesionado fomentando el odio a Felipe González y Zapatero. El PSOE, por su parte, llama al voto útil con el miedo al PP. Este tipo de broncas sólo sirve para borrar con algaradas populistas la discusión política. Así ha ocurrido en el tema de la inmigración, tan importante en un mundo globalizado. Bajo los gritos y las proclamas racistas del PP, tampoco se han dado muchas diferencias entre los dos partidos mayoritarios en lo que se refiere a leyes de extranjería. La falta de hospitalidad transformada en razón de Estado ha sido una característica compartida.



No es populismo defender un comportamiento humano en las fronteras, denunciar la lógica horrible de los centros de Internamiento o respetar el derecho de asilo. Populismo es falsear los datos, crear amenazas mediáticas y hacerle creer a la gente que la presencia de los extranjeros es un peligro. Populismo es congelar con una identidad sólida la flexibilidad de los espacios públicos. La oligarquía crea chivos expiatorios para ocultar sus robos. Como andaluz, lo siento, me he acordado mucho estos días de todas las calumnias del honorable Jordi Pujol contra los vagos del sur que viven a costa de Cataluña.



Populismo es negarle a Cataluña su derecho a decidir porque un líder catalán haya resultado un ladrón. Populismo es manipular un crimen mediático para justificar un endurecimiento innecesario del Código Penal. Pero encadenar la economía y estar en contra de la deriva neoliberal de Europa no me parece nada populista. Se trata sólo de una elaboración culta e institucional de la soberanía


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